Negociaciones históricas
Valencia
– Invierno 1.490
La mañana es fría. Está lloviendo desde
anoche y las calles mojadas se encuentran muy resbaladizas.
Las puertas de las casas están cerradas y
los patios llenos de macetas son regados por las gotas que resbalan por las
tejas de las azoteas.
Es sábado y la sinagoga de Benyiacoob
está repleta de hombres rezando a Dios.
Sobre las 10 de esta mañana, está
previsto que el rabino Benazouli lea un comunicado. Llegada esa hora, con voz
firme pero ahogada por la tristeza, anuncia que los Reyes llamados Católicos
han decidido expulsar a todos los judíos de su amada Sefarad y purgar esta
tierra de infieles a la santa madre iglesia.
Un murmullo generalizado mezclado con
expresiones de incredulidad se adueñó de la Tebá.
Tebá. Altar de las sinagogas donde se guardan y veneran los rollos bíblicos escritos a mano.
Al acabar el rezo, todos volvieron
cabizbajos a sus casas, cerraron las puertas con llave y se dispusieron a
saborear la amargura de un adiós melancólico y agonizante que se convertiría
prácticamente en una pesadilla sin final.
Al llegar a casa, el rabino reprimió una
vez más a su hijo Elihau la ausencia ya sistemática a los rezos del sábado.
Éste le comentó que sus negocios de finanzas
no le permitían ocuparse de otras cosas y que para eso, ya había un rabino en
casa.
Durante la comida, el rabino Benazouli
explicó a su hijo la situación, para acabar dándole un consejo:
-
“De poco te valdrá todo
el dinero que tienes, si no lo puedes llevar contigo. Yo en cambio, llevaré a
Yahvé allá donde vaya”.
-
“No te preocupes, padre.
Encontraré alguna solución y ayudaré a paliar esa tristeza que aparece en tu
rostro.” Le dijo
Elihau.
La
Corte de Castilla – Invierno 1.490
Ahí se encontraba un joven rodeado de
carpetas, mapas y pliegos abiertos.
Sus ojos estaban enrojecidos, pero no de
rabia sino de temperamento y coraje.
-
“Al otro lado del mar
existe una tierra desconocida por nosotros, quizás por Occidente encontremos un buen lugar que descubrir y explorar”. Decía el joven
Cristóbal a la reina
Isabel y a los científicos de su corte.
-
“Me gustan las
aventuras”.
Comentó la reina ordenando con su mano derecha que sus acompañantes dejasen de
murmurar. “Realmente es una idea
atractiva la de poder descubrir mundo que explorar y explotar”. Comentó llevándose
su dedo índice hacia la mejilla. “Si tú encontrases una nueva tierra, podríamos enviar ahí a
alguno que otro que se hace llamar noble y que en realidad es parásito de esta
corte”. Dijo
mirando con malsana satisfacción a sus siervos.
-
“No me importa las posibilidades que su majestad pueda
encontrar en esta empresa. Lo único importante es que yo estoy dispuesto a
navegar más allá de los mares y con esa idea me conformo”. Le indicó el atrevido
joven.
-
“Tendrás que esperar unos
dos lustros. Las arcas del reino están vacías y debemos a los judíos todo lo
que ya nos hemos gastado. He decidido expulsarlos a todos, ya que es la única
forma de no tener que deberles nada. He hablado con la Iglesia y me han
comentado que es la única solución. Tendrás el dinero para tu viaje, dentro de
10 años. No creo que podamos expulsar a todos en menos tiempo y además,
necesitamos los servicios de algunos de ellos”. Sentenció la reina
con marcada severidad.
Cristóbal abandonó la sala con una
reverencia, mientras recogía desordenadamente todas sus cartas, mapas y
escritos.
“No puedo esperar tanto”, pensó el joven mientras abandonaba la
corte.
A partir de ese momento, Cristóbal empezó
a fraguar el arte del convencimiento en su mente.
No tenía dinero, la reina tenía el poder
y la Iglesia la avalaba, pero esta última no se sentía atraída por la idea de
financiar tal empresa.
-
“¿Quién podrá ayudarme?”. Se preguntaba constantemente.
Una luz brotó de su particular tormenta
de ideas.
-
“¡Los judíos!”.
Exclamó con entusiasmo.
Valencia–
Primavera 1.491
El barrio judío de Valencia se encontraba
lejos de ser el de sus épocas de esplendor. Algunas casas se encontraban
abandonadas y la madera de sus puertas resquebrajadas. Los herrajes habían sido
robados para luego ser vendidos a los fundidores.
El sol lucía para el resto de los
habitantes, menos para los judíos de Valencia.
El joven Cristóbal se dirigió a la casa
del rabino Benazouli y preguntó por Elihau.
-
“Soy yo mismo”. Dijo con voz
segura. “¿Qué desea?”. Preguntó a su
vez.
-
“Mi nombre es Cristóbal Colón y tengo un
negocio que puede ser interesante para usted”. Contestó.
-
“¡Pase, pase! Hablaremos
dentro. Hoy en día no le conviene a usted que le vean hablando con judíos.” Comentó Elihau.
-
“¿Quién es?”. Se oyó una débil
voz. Era la voz de un envejecido, pero sabio rabino.
-
“¡Siéntate con nosotros padre! Este
hombre tiene algo que contarnos”. Dijo Elihau.
Alrededor de una mesa redonda se sentaron
estos tres hombres que intentaban cambiar sus vidas y cambiaron el futuro de la
humanidad.
Cristóbal explicó su sueño – él lo
llamaba así -.
Su argumento estaba dirigido hacia las
necesidades de sus dos interlocutores. Uno, rabino, religioso y hombre de
leyes. El otro, hombre de negocios y poseedor de una gran fortuna.
-
“Creo que la nueva tierra
será un buen lugar para los judíos”. Comentó Cristóbal. “Estoy seguro de poder convencer a la reina Isabel para que
la tripulación esté compuesta por gente de vuestra religión. Solo hay un
problema: El dinero debe ser vuestro”. Sentenció.
-
“¿Qué ganamos con todo
esto?”
Pregunto Elihau. ”Si se trata de regalar dinero, ¿qué más
nos da que nos lo quite la iglesia, la reina o usted?" Continuó.
-
“La tripulación será
judía, buscaremos otro mundo nuevo para que ustedes puedan vivir en paz y lo
más importante: Su familia podrá quedarse en Sefarad y no tendrá que renunciar
a su fe. Piensen ustedes en algo parecido a la salida de Egipto, ¡Sí! La Pascua. No será
necesario abrir las aguas ya que navegaremos sobre ellas. No serán necesarias
las plagas, ya que nadie nos quiere encarcelar. ¡Piénsenlo!”. Argumentó con
entusiasmo Cristóbal.
Corte
de Castilla – Verano 1.491
No se opuso en absoluto.
-
“¿Cuánto vale una vida?
Ja, ja, ja.... ¡Necesito que el hijo del rabino lleve las cuentas y multiplique
por cien las pocas monedas que hay en las arcas del reino! ¡Esta maldita guerra
ya dura demasiado y no quedan tierras con las que comprar los servicios de más
soldados!” - Gritó la reina entre
carcajadas y marcando estupor en los rostros de sus cortesanos, los cuales
abandonaban la sala.
Ya en la soledad, pensó: “Dios sabe lo que tendrá este loco en su
cabeza. La verdad es que no corro riesgo alguno. El dinero no es mío, la
tripulación tampoco y la gloria, si la hay, será de la corona. La verdad, ¡qué
fácil resulta convencer a alguien cuando la desesperación le atenaza!
Cristóbal quiere descubrir, yo quiero conquistar y los
judíos quieren sobrevivir”.
Valencia
– Primavera 1.494
Lo demás es historia. El rabino Benazouli
fue quemado en la hoguera al negarse a cambiar su nombre y a traicionar la fe
de Abraham, Moisés y Jacob. Él sabía que siempre llevaría a Yahvé en su
corazón.
El joven Elihau cambió su nombre y su
residencia.
A los 39 años, nació Luis de Santángel,
mecenas de empresas difíciles y tesorero de las arcas reales. Al poco tiempo,
murió en Alcalá de Henares, sabiendo que
otros judíos triunfaban como filósofos, científicos o simplemente,
sastres, herreros o zapateros.
Yahvé también estaba en su corazón.
Cristóbal Colón renegó de su descubrimiento
al ver cómo era repartida la tierra prometida entre los innumerables
“nobles” salidos de las cenizas de casas y fortunas ajenas.
Esa tierra prometida que les vendió a 
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