lunes, 17 de noviembre de 2014

La tierra prometida... extracto de una negociación poliédrica...

Negociaciones históricas



Valencia – Invierno 1.490
La mañana es fría. Está lloviendo desde anoche y las calles mojadas se encuentran muy resbaladizas.
Las puertas de las casas están cerradas y los patios llenos de macetas son regados por las gotas que resbalan por las tejas de las azoteas.
Es sábado y la sinagoga de Benyiacoob está repleta de hombres rezando a Dios.
Sobre las 10 de esta mañana, está previsto que el rabino Benazouli lea un comunicado. Llegada esa hora, con voz firme pero ahogada por la tristeza, anuncia que los Reyes llamados Católicos han decidido expulsar a todos los judíos de su amada Sefarad y purgar esta tierra de infieles a la santa madre iglesia.
Un murmullo generalizado mezclado con expresiones de incredulidad se adueñó de la Tebá.
Tebá. Altar de las sinagogas donde se guardan y veneran los rollos bíblicos escritos a mano.
Al acabar el rezo, todos volvieron cabizbajos a sus casas, cerraron las puertas con llave y se dispusieron a saborear la amargura de un adiós melancólico y agonizante que se convertiría prácticamente en una pesadilla sin final.
Al llegar a casa, el rabino reprimió una vez más a su hijo Elihau la ausencia ya sistemática a los rezos del sábado.
Éste le comentó que sus negocios de finanzas no le permitían ocuparse de otras cosas y que para eso, ya había un rabino en casa.
Durante la comida, el rabino Benazouli explicó a su hijo la situación, para acabar dándole un consejo:
-          De poco te valdrá todo el dinero que tienes, si no lo puedes llevar contigo. Yo en cambio, llevaré a Yahvé allá donde vaya”.
-          No te preocupes, padre. Encontraré alguna solución y ayudaré a paliar esa tristeza que aparece en tu rostro.” Le dijo Elihau.

La Corte de Castilla – Invierno 1.490
Ahí se encontraba un joven rodeado de carpetas, mapas y pliegos abiertos.
Sus ojos estaban enrojecidos, pero no de rabia sino de temperamento y coraje.
-          “Al otro lado del mar existe una tierra desconocida por nosotros, quizás por Occidente encontremos un buen lugar que descubrir y explorar”. Decía el joven Cristóbal a la reina Isabel y a los científicos de su corte.
-          Me gustan las aventuras”. Comentó la reina ordenando con su mano derecha que sus acompañantes dejasen de murmurar. Realmente es una idea atractiva la de poder descubrir mundo que explorar y explotar”. Comentó llevándose su dedo índice hacia la mejilla. Si tú encontrases una nueva tierra, podríamos enviar ahí a alguno que otro que se hace llamar noble y que en realidad es parásito de esta corte”. Dijo mirando con malsana satisfacción a sus siervos.
-          “No me importa  las posibilidades que su majestad pueda encontrar en esta empresa. Lo único importante es que yo estoy dispuesto a navegar más allá de los mares y con esa idea me conformo”. Le indicó el atrevido joven.
-          “Tendrás que esperar unos dos lustros. Las arcas del reino están vacías y debemos a los judíos todo lo que ya nos hemos gastado. He decidido expulsarlos a todos, ya que es la única forma de no tener que deberles nada. He hablado con la Iglesia y me han comentado que es la única solución. Tendrás el dinero para tu viaje, dentro de 10 años. No creo que podamos expulsar a todos en menos tiempo y además, necesitamos los servicios de algunos de ellos. Sentenció la reina con marcada severidad.
Cristóbal abandonó la sala con una reverencia, mientras recogía desordenadamente todas sus cartas, mapas y escritos.
No puedo esperar tanto”, pensó el joven mientras abandonaba la corte.
 A partir de ese momento, Cristóbal empezó a fraguar el arte del convencimiento en su mente.
No tenía dinero, la reina tenía el poder y la Iglesia la avalaba, pero esta última no se sentía atraída por la idea de financiar tal empresa.
-          “¿Quién podrá ayudarme?”. Se preguntaba constantemente.
Una luz brotó de su particular tormenta de ideas.
-          “¡Los judíos!”. Exclamó con entusiasmo.

Valencia– Primavera 1.491
El barrio judío de Valencia se encontraba lejos de ser el de sus épocas de esplendor. Algunas casas se encontraban abandonadas y la madera de sus puertas resquebrajadas. Los herrajes habían sido robados para luego ser vendidos a los fundidores.
El sol lucía para el resto de los habitantes, menos para los judíos de Valencia.
 El joven Cristóbal se dirigió a la casa del rabino Benazouli y preguntó por Elihau.
-          Soy yo mismo”. Dijo con voz segura. “¿Qué desea?”. Preguntó a su vez.
-          Mi nombre es Cristóbal Colón y tengo un negocio que puede ser interesante para usted”. Contestó.
-          “¡Pase, pase! Hablaremos dentro. Hoy en día no le conviene a usted que le vean hablando con judíos.” Comentó Elihau.
-          “¿Quién es?”. Se oyó una débil voz. Era la voz de un envejecido, pero sabio rabino.
-          “¡Siéntate con nosotros padre! Este hombre tiene algo que contarnos”. Dijo Elihau.
Alrededor de una mesa redonda se sentaron estos tres hombres que intentaban cambiar sus vidas y cambiaron el futuro de la humanidad.
Cristóbal explicó su sueño – él lo llamaba así -.
Su argumento estaba dirigido hacia las necesidades de sus dos interlocutores. Uno, rabino, religioso y hombre de leyes. El otro, hombre de negocios y poseedor de una gran fortuna.
-          “Creo que la nueva tierra será un buen lugar para los judíos”. Comentó Cristóbal. “Estoy seguro de poder convencer a la reina Isabel para que la tripulación esté compuesta por gente de vuestra religión. Solo hay un problema: El dinero debe ser vuestro. Sentenció.
-          “¿Qué ganamos con todo esto?” Pregunto Elihau. Si se trata de regalar dinero, ¿qué más nos da que nos lo quite la iglesia, la reina o usted?" Continuó.
-          “La tripulación será judía, buscaremos otro mundo nuevo para que ustedes puedan vivir en paz y lo más importante: Su familia podrá quedarse en Sefarad y no tendrá que renunciar a su fe. Piensen ustedes en algo parecido a la salida de Egipto, ¡Sí! La Pascua. No será necesario abrir las aguas ya que navegaremos sobre ellas. No serán necesarias las plagas, ya que nadie nos quiere encarcelar. ¡Piénsenlo!”. Argumentó con entusiasmo Cristóbal.

Corte de Castilla – Verano 1.491
La reina Isabel recibió con alegría la noticia del joven Cristóbal.
No se opuso en absoluto.
La familia Benazouli debería fijar su residencia en Toledo, cambiar su nombre y ocultar su fe. Toda su fortuna sería administrada por ellos mismos, pero pasaría a ser propiedad de la corte.
-          “¿Cuánto vale una vida? Ja, ja, ja.... ¡Necesito que el hijo del rabino lleve las cuentas y multiplique por cien las pocas monedas que hay en las arcas del reino! ¡Esta maldita guerra ya dura demasiado y no quedan tierras con las que comprar los servicios de más soldados!” Gritó la reina entre carcajadas y marcando estupor en los rostros de sus cortesanos, los cuales abandonaban la sala.
Ya en la soledad, pensó: Dios sabe lo que tendrá este loco en su cabeza. La verdad es que no corro riesgo alguno. El dinero no es mío, la tripulación tampoco y la gloria, si la hay, será de la corona. La verdad, ¡qué fácil resulta convencer a alguien cuando la desesperación le atenaza!
Cristóbal quiere descubrir, yo quiero conquistar y los judíos quieren sobrevivir”.

Valencia – Primavera 1.494
Lo demás es historia. El rabino Benazouli fue quemado en la hoguera al negarse a cambiar su nombre y a traicionar la fe de Abraham, Moisés y Jacob. Él sabía que siempre llevaría a Yahvé en su corazón.
El joven Elihau cambió su nombre y su residencia.
A los 39 años, nació Luis de Santángel, mecenas de empresas difíciles y tesorero de las arcas reales. Al poco tiempo, murió en Alcalá de Henares, sabiendo que  otros judíos triunfaban como filósofos, científicos o simplemente, sastres, herreros o zapateros.
Yahvé también estaba en su corazón.
Cristóbal Colón renegó de su descubrimiento al ver cómo era repartida la tierra prometida entre los innumerables “nobles” salidos de las cenizas de casas y fortunas ajenas.
Esa tierra prometida que les vendió a la reina Isabel y a la familia Benazouli para cumplir un sueño y despertar con una pesadilla.

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